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Educamos educándonos: La confianza
Las expectativas que la sociedad ha depositado sobre la escuela y, en especial, sobre la figura del docente, inciden en el trabajo cotidiano del aula. Por esto, la cuestión de la confianza se ha convertido en tema de reflexión en las reuniones con padres y docentes. Sin confianza no hay educación, ya que todo lo que puede llegar al alumno como positivo no encuentra la acogida necesaria para que lo pueda hacer suyo. Sin confianza, la persona carece de la vitalidad necesaria para integrar los distintos aspectos de la existencia. En este libro, el autor profundiza en torno a la confianza en la docencia, considerando distintos aspectos: la confianza en sí misma, en la formación moral, el crédito y la responsabilidad, en lo que tiene de aventura, como sostenedora de relaciones interpersonales, formas de sostener la confianza, entre otros. El trabajo está centrado en la observación de la propia actividad del autor, y se presenta como un proyecto para mejorar la educación actual. 153 páginas Formato: 14x21 ISBN: 9870900870
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Testigos de esperanza
A veces nos entretenemos hablando de lo mal que están los demás, los políticos, los legisladores, el vecino, el mundo en general. Fácilmente nos volvemos en jueces de los demás. Como cristianos tenemos que mirar nuestro al rededor desde Cristo. Si así lo hacemos descubriremos que Jesucristo no vino a juzgar al mundo sino a salvarlo. Nosotros por tanto, no hemos sido elegidos a causa de nuestros méritos, sino solamente a causa de su misericordia «Con amor eterno te he amado», dice el Señor (Jr 31, 3). Ésta es nuestra seguridad. «Yahvé desde el seno materno me llamó» (Is 49, 1). Éste es nuestro orgullo: saber que hemos sido llamados y elegidos por amor

Un día llegó a mis manos un libro de Editorial SAN PABLO, del obispo vietnamita, Francisco Javier Van Thuan. Este obispo estuvo 13 años en prisión, de los cuales 9 fueron en total aislamiento

En este libro, este Obispo, expresa hermosamente la gratuidad amorosa de Dios al llamarnos.

Mateo abre su testimonio sobre Jesús como Hijo de Dios con estas palabras: «Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham...» (Mt 1, 1). Cuando se proclama este evangelio en la liturgia, experimentamos cierta incomodidad. Más de alguna vez consideramos su lectura como un ejercicio de repetición sin significado.

No obstante, las genealogías, el recuerdo a nuestros antepasados es de suma importancia. Pues a través de ella, nos damos cuenta de que pertenecemos a una historia que es más grande que nosotros. Y captamos con mayor verdad nuestra propia historia.

Cuando leemos en la Iglesia las genealogías presentes en las Sagradas Escrituras debemos también captar, el significado profundo de tantos personajes que han tenido, según el designio misterioso de Dios, un papel importante en la historia de salvación.

 
ico_editoria El misterio de nuestra llamada

El «Libro de la genealogía de Jesucristo» se articula en tres partes. En la primera, se nombra a los patriarcas; en la segunda, a los reyes antes del exilio de Babilonia; en la tercera, a los reyes posteriores al destierro.

 Lo que sorprende en primer lugar en la lectura del texto es el misterio de la vocación, de la elección por parte de Dios, llena de gratuidad y de amor, incomprensible a los parámetros de la razón e incluso a veces escandalosa.

 Así, en el «Libro de la genealogía de Jesucristo» aparece que Abrahán, en vez de elegir al primogénito Ismael, hijo de Agar, elige a Isaac, el segundogénito, hijo de la promesa, hijo de su mujer, Sara.

 A su vez, Isaac quiso bendecir a su primogénito, Esaú, pero, al final, bendijo a Jacob, según un misterioso designio de Dios.

 Jacob no transmite la continuidad familiar, que avanza históricamente hacia el Mesías, ni a Rubén, el primogénito, ni a José, el más amado, el mejor de todos, el que perdonó a sus hermanos y los salvó del hambre en Egipto. La elección recayó sobre Judá, su cuarto hijo, responsable, junto con los demás, de la venta de José a los mercaderes que lo condujeron a Egipto.

El misterio desconcertante de la elección que Dios hace de los antepasados del Mesías empieza a requerir nuestra atención. Esta página ilumina el misterio de nuestra vocación. «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros» (In 15, 16).

 Demos infinitas gracias al Señor «porque es eterna su misericordia». Esto hay que hacerlo desde lo profundo de nuestro corazón, con gran humildad y reconocimiento. «Levanta del polvo al desvalido, alza al pobre del estiércol, para sentarlo en medio de los nobles, en medio de los nobles de su pueblo» (Sal 113, 7-8).

 El misterio del pecado y de la gracia

 Si consideramos los nombres de los reyes presentes en el «Libro de la genealogía de Jesús», podemos constatar que antes del exilio, solo dos de ellos han sido fieles a Dios: Ezequías y Josías. Los demás han sido idólatras, inmorales, asesinos...También en el periodo posterior al destierro, entre los numerosos reyes nombrados sólo hallamos dos personajes que han sido siempre fieles al Señor: Salatiel y Zorobabel. Los demás son o pecadores o desconocidos.

 En David, el más famoso de los reyes que han dado vida al Mesías, se entrelazan santidad y pecado: con lágrimas amargas confiesa en sus Salmos los pecados de adulterio y de asesinato, especialmente en el Salmo 50, que se ha convertido en oración penitencial en la liturgia de la Iglesia.

 También las mujeres que Mateo nombra al comienzo de su Evangelio como madres que transmiten la vida, desde el seno de la bendición de Dios, suscitan en nosotros una cierta emoción.

Son mujeres que se hallan en una situación irregular: Tamar es una pecadora; Rajab, una prostituta; Rut, una extranjera; de la cuarta mujer no se dice el nombre; se dice sólo: «de la mujer de Unas».

 Y sin embargo, el río de la historia, crecido de pecados y de crímenes, se convierte en una fuente de agua límpida conforme nos acercamos a la plenitud de los tiempos: con María, la Madre, y en Jesús, el Mesías, son rescatadas todas las generaciones.

 Que esta lista de nombres de pecadores y pecadoras que Mateo señala en la genealogía de Jesús no nos escandalice. Exalta el misterio de la misericordia de Dios. También en el Nuevo Testamento Jesús eligió a Pedro, que lo negó, y a Pablo, que lo persiguió. Y sin embargo son las columnas de la Iglesia. En este mundo, si un pueblo escribe su historia oficial, hablará de sus victorias, de sus héroes, de su grandeza... Es un caso único, admirable y estupendo, encontrar un pueblo que en su historia oficial no oculta los pecados de sus antepasados.

 El misterio de la esperanza

 Decía Charles Péguy: «La fe que amo más es la esperanza». Sí, porque en la esperanza, la fe, que actúa mediante la caridad, abre en el corazón de los hombres caminos nuevos, tiende a la realización del mundo nuevo, de la civilización del amor, trae al mundo la vida divina de la Santísima Trinidad, su modo de ser y de obrar tal como se ha manifestado en Cristo y nos transmiten los Evangelios.

 Ésta es nuestra gran llamada. No por merito nuestro, sino «porque es eterna su misericordia». Hoy, como en tiempos del Antiguo Testamento, Dios actúa en los pobres de espíritu, en los humildes, en los pecadores que se convierten a El de todo corazón.

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