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Educamos educándonos: La confianza
Las expectativas que la sociedad ha depositado sobre la escuela y, en especial, sobre la figura del docente, inciden en el trabajo cotidiano del aula. Por esto, la cuestión de la confianza se ha convertido en tema de reflexión en las reuniones con padres y docentes. Sin confianza no hay educación, ya que todo lo que puede llegar al alumno como positivo no encuentra la acogida necesaria para que lo pueda hacer suyo. Sin confianza, la persona carece de la vitalidad necesaria para integrar los distintos aspectos de la existencia. En este libro, el autor profundiza en torno a la confianza en la docencia, considerando distintos aspectos: la confianza en sí misma, en la formación moral, el crédito y la responsabilidad, en lo que tiene de aventura, como sostenedora de relaciones interpersonales, formas de sostener la confianza, entre otros. El trabajo está centrado en la observación de la propia actividad del autor, y se presenta como un proyecto para mejorar la educación actual. 153 páginas Formato: 14x21 ISBN: 9870900870
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El Espíritu Santo: fuente de comunión y misión catequista
El día de Pentecostés, el Espíritu Santo desciende con fuerza en los discípulos que se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Es el mismo Jesús que sopla sobre ellos. En el gesto de soplar, el resucitado hace partícipe a los discípulos de aquello que posee en su interior, su amor. No hay comunión más íntima entre Jesús y los discípulos que este soplo de amor.

Hoy también Jesús sopla sobre su Iglesia en un nuevo Pentecostés, desea despertar la vida que hay en nosotros, que ha perdido fuerza en el agotamiento cotidiano.

El Espíritu Santo es nuestro consuelo y apoyo, es un regalo del Padre. Es para nosotros, fuego, luz, amor y salvación. El Espíritu Santo es fuente de comunión y vida a la que podemos acudir sin que nunca se agote.

La Iglesia nos invita a reavivar el don del Espíritu Santo que hay en cada uno de nosotros. Con el tiempo, es posible que este inmenso don se haya cubierto de ceniza y no arda ni abrase, ni dé entusiasmo, ni confiera vigor. Puede suceder que en tu misión de ser catequista, a veces te sientas seco, gastado.
Para reavivar este don sagrado, te invito a profundizar en tu vida de oración, en la meditación, en la participación en los sacramentos...También permanecer juntos, en comunidad fue la condición que puso Jesús para la llegada del don del Espíritu Santo.

Así nos da una magnífica lección para toda comunidad cristiana. A veces se piensa que la eficacia de la catequesis o de cualquier misión evangelizadora, depende principalmente de una esmerada programación y de su sucesiva aplicación inteligente mediante un compromiso concreto. Ciertamente, el Señor pide nuestra colaboración, pero antes de cualquier respuesta nuestra se necesita su iniciativa: su Espíritu es el verdadero protagonista de la Iglesia. Las raíces de nuestro ser y de nuestro obrar están en el don del Espíritu Santo, verdadero protagonista de todo apostolado.


Jesús, imploró al Padre que todos seamos uno para que el mundo crea (Jn 17, 21). Juan Pablo II nos ha recordado que hace falta promover una espiritualidad de la comunión, que parte de nuestra comunión con Dios, antes de programar cualquier acción pastoral en concreto.

Asimismo tu tarea catequística no es en solitario, sino en comunión Dios y con los otros catequistas de tu parroquia o colegio. Desde una cordial relación hacia cada hermano y hermana, los cristianos aceptamos vivir en fraternidad cuando oramos juntos, dialogamos, trabajamos, compartimos fraternalmente y planificamos. Esta espiritualidad de comunión nos permite valorarnos unos a otros de corazón y apreciar la riqueza de la unidad en la diversidad de vocaciones, carismas y ministerios. Y, cuando caemos en la tentación de hacernos daño, ella nos mueve a optar una vez más por la reconciliación. En un mundo donde reina la competencia despiadada, que a veces nos contagia, los cristianos sentimos el llamado de Dios a hacer juntos el camino, a buscar las coincidencias y superar los desencuentros para convivir como hermanos, buscando la fraternidad.

Juan Pablo II nos ilumina con actitudes concretas de esta espiritualidad de comunión en la que debemos vivir todos los bautizados: "Espiritualidad de comunión significa, ante todo, una mirada del corazón sobre el misterio de la Trinidad que habita en nosotros y cuya luz ha de ser conocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece«, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de comunión es también capacidad de ver, ante todo, lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí«, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber «dar espacio« al hermano llevando mutuamente la carga de los otros (Cf. Gál 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirán los instrumentos externos de la comunión. Se convertirán en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento".

La espiritualidad evangelizadora está marcada por un intenso amor a cada persona. A veces se expresa como compañía silenciosa y compasiva, otras veces como palabra que alienta, abrazo que consuela, paciencia que perdona, disposición a compartir lo que se posee; también se torna indignación por la injusticia y se expresa proféticamente en la denuncia. Se trata, siempre, de hacernos cercanos y solidarios con el que sufre. En este mundo donde frecuentemente nos sentimos desamparados, ignorados, utilizados, excluidos, ¿no es indispensable oír el llamado del Espíritu a cuidarnos y sostenernos unos a otros con entrañas de misericordia? (NMI)

 

 

Querido catequista, confía en que el Espíritu Santo pone siempre a la comunidad en movimiento! Tal vez el Espíritu Santo desea hoy, a través de ti, unir a las personas, liberarlas y sanarlas, desea que vivas esta espiritualidad de comunión que nos propone Juan Pablo II. Sin la fuerza que viene de lo alto, nada podemos, el Espíritu es don, regalo gratuito y amoroso del Padre. ¡Invócalo!

Ahora nos preguntamos:


¿Descubro en nuestra comunidad o grupo de catequistas, actitudes concretas de la espiritualidad de comunión? ¿Cuáles?
¿Cómo podemos renovar la estructura de nuestra comunidad para que sea más cercana a los demás?

Si leemos la Biblia, descubrimos que los primeros cristianos no eran seres recluidos en pequeños grupos de selectos, aislados de la vida de la gente, cómodos o individualistas. Los hechos insisten en destacar que, mientras las autoridades acosaban a los Apóstoles ellos gozaban de la simpatía de todo el pueblo. Leamos Hech 2,47; 4, 21.33; 5,13.

 


 

 

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