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Educamos educándonos: La confianza
Las expectativas que la sociedad ha depositado sobre la escuela y, en especial, sobre la figura del docente, inciden en el trabajo cotidiano del aula. Por esto, la cuestión de la confianza se ha convertido en tema de reflexión en las reuniones con padres y docentes. Sin confianza no hay educación, ya que todo lo que puede llegar al alumno como positivo no encuentra la acogida necesaria para que lo pueda hacer suyo. Sin confianza, la persona carece de la vitalidad necesaria para integrar los distintos aspectos de la existencia. En este libro, el autor profundiza en torno a la confianza en la docencia, considerando distintos aspectos: la confianza en sí misma, en la formación moral, el crédito y la responsabilidad, en lo que tiene de aventura, como sostenedora de relaciones interpersonales, formas de sostener la confianza, entre otros. El trabajo está centrado en la observación de la propia actividad del autor, y se presenta como un proyecto para mejorar la educación actual. 153 páginas Formato: 14x21 ISBN: 9870900870
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Tiempo de desierto, tiempo de esperanza
Comenzamos ya el tiempo de Cuaresma. Cada año el ciclo litúrgico nos ayuda a vivir nuestro encuentro con el Señor y nuestra comunión con los hermanos de manera más profunda. Por eso este tiempo que comenzamos permite que nos adentremos en nuestro ser, hasta llegar a los rincones más hondos de nuestro vivir cotidiano, allí donde se gestan nuestros pasos, que tienen una única meta, el amor, cada vez más ferviente, más libre, más comprometido, más encarnado, según el ejemplo del Maestro.

Hemos comenzado la cuaresma con la imagen del desierto, traída por la Palabra dominical.

Si pensamos en el desierto, podemos imaginar un espacio casi tan inmenso e imponente como el mar, donde el horizonte no cambia ante nuestra mirada, como una línea simple que separa la tierra del cielo, una línea en apariencia inalcanzable. Esta primera experiencia ya nos hace sentir nuestra vulnerabilidad, nuestra debilidad, nuestra pequeñez e impotencia ante la vida misma. Nada podemos hacer por nosotros mismos que nos pueda salvar, que pueda cambiar radicalmente esta sensación. La realidad nos sobrepasa. Algo parecido a lo que sentimos ante las experiencias tan cercanas de inseguridad, de miedo, de soledad en lo ordinario, del cansancio en la rutina del trabajo, de la falta de creatividad y gozo en la vida familiar.

También podemos imaginar la aridez de este desierto, la sequedad, la falta de agua que vivifica y reverdece, que limpia y genera novedad por donde pasa. Aquí no hay más que colores ocres, marrones, grises. No hay nubes que nos traigan la sombra y la lluvia frescas.

Si a esto le sumamos que el caminar se fatiga, porque los pies se entierran en la arena o se lastiman en las rocas; que nada se mueve a la vista más que nosotros; que el calor y el viento nos resecan la piel durante el día; que el silencio y el frío nos cala al pasar de las horas en la noche; seguramente nos preguntaríamos ¿cómo lo soportó Jesús cuarenta días con sus noches, con hambre y tentado por el enemigo?, y ¿cómo pudo un pueblo vivir allí cuarenta años?, ¿qué sentido tiene semejante experiencia? ¿podemos evitarla?
Todo aquello que nos hace percibir esta sensaciones en el aquí y ahora de la vida, es nuestro desierto cuaresmal, el desierto que tenemos que atravesar para llegar a la meta esperada.¿Cuál es esa meta? Nos dice Jesús: "El Reino de Dios está cerca" (Mc. 1, 14-15)

Allí está el sentido de este desierto que "me toca atravesar", es que el Reino de Dios, es que Dios mismo está cerca, muy cerca,...está muy dentro nuestro, en lo más intimo de nuestra intimidad (San Agustín), y pasar por el desierto es prepararnos para ver, para oír, para tocar a Dios. Se trata de un ejercicio de esperanza que afina nuestros sentidos interiores, que ensancha el corazón, que aclara la mente, que abre nuestros labios para la alabanza. Nos preparamos para contemplar el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Entonces no es para menos que el Espíritu nos lleve al desierto (Mc 1,12) como a Jesús.

Entrar en el desierto no es solamente tratar de compartir las incomodidades y la soledad de Jesús en los hermanos; tratar de apartarnos para rezar más; tratar de renunciar a ciertos placeres (tal vez para probarnos a nosotros mismos cuanto soportamos) y tratar de compartir nuestros bienes con los que no los tienen. Entrar en el desierto es entrar en el proyecto de Dios para mi vida. Es caminar con los pasos del Espíritu en la fe para llegar a ver el Reino que ya está presente en nosotros y entre nosotros. Es aprender a mirar a través de la realidad más allá de ella, lo que se gesta en el silencio, todo el bien que hay a nuestro alrededor y en nosotros mismos y en cada ser humano sea cual sea su estado y situación en este mundo.
Por eso el desierto es esperanza. Es un aliado que nos abre al optimismo, porque nos abre a Dios mismo que es todo bien.

Ahora bien solo quien se atreve a hacer esta experiencia de dejarse llevar por el Espíritu al desierto puede trascender el aquí y ahora y transmitir esta esperanza a los demás. Como catequistas, ¿qué transmitiremos en nuestros encuentros sobre la esperanza del desierto? Dependerá de nuestra docilidad al Espíritu que vive en nosotros y nos hace nuevas criaturas.

 


 


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